
La Francmasonería ha sido objeto de innumerables mitos. Sin embargo, el origen de las acusaciones de satanismo se encuentra en la pluma de un notorio farsante del siglo XIX: Leo Taxil. Este episodio es fundamental para cualquier debate serio sobre la orden.
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El contexto histórico: Masonería e Iglesia
Para comprender el fraude de Leo Taxil (Gabriel Jogand-Pagès), debemos entender la Europa de finales del siglo XIX. En 1884, el Papa León XIII publicó la encíclica Humanum genus, declarando que la Francmasonería era el reino de Satanás. Este clima permitió que las mentiras de Taxil florecieran.
Diana Vaughan y el Paladismo
Taxil fingió una conversión al catolicismo y comenzó a publicar relatos sensacionalistas. Inventó a Diana Vaughan y una supuesta logia satánica llamada el Paladismo. Sus historias incluían demonios que tocaban el piano y rituales absurdos que, pese a su falsedad, fueron creídos por altos cargos del clero.
La gran confesión de 1897
El engaño terminó el 19 de abril de 1897. En una conferencia multitudinaria, Taxil confesó que Diana Vaughan nunca existió y que todo fue una farsa colosal para burlarse tanto de la Iglesia como de la masonería.
Sorprendentemente, 125 años después, estas mentiras admitidas siguen siendo la base de los ataques antimasónicos modernos.
La Confesión de Leo Taxil (Transcripción)
(Basado en la crónica de la conferencia del 19 de abril de 1897 en la Sociedad Geográfica de París, según el texto proporcionado)
(La sala está llena. Léo Taxil sube al atril).
«Señores,
Han tenido la amabilidad de responder a mi invitación, una invitación de carácter especial. Les he prometido las últimas explicaciones sobre el Paladismo y su sacerdotisa, la señorita Diana Vaughan.
Todos ustedes saben por los periódicos cómo, hace doce años, volví a la fe de mi infancia. (Risas)… Un momento, señores. Este detalle es más útil de lo que parece para la claridad de mi relato.
[…]
Comencé mi campaña contra la Masonería… pero ya era conocido como un librepensador, un ‘come-curas’. Se hizo evidente que mis ataques no tendrían ningún peso si permanecía en ese bando. No podía hacer nada desde fuera. Pensé que sería mejor fingir una conversión y llevar a cabo lo que llamaría ‘una farsa colosal’.
Mi primera acción fue escribir ‘Las cartas confidenciales de un Papa’. Luego me reconcilié con la Iglesia en presencia de Monseñor de Cabrières, Obispo de Montpellier. (Risas prolongadas e interrupciones).
Señores, les ruego… Si ustedes mismos no pueden seguir mi argumento, ¿cómo podrán entenderlo los demás?
Mi director espiritual, el Padre Jesuita, me dijo: ‘Debe combatir a los masones… Ataque sus doctrinas, no a los hombres’. Le respondí que sus doctrinas ya eran conocidas. ‘Bueno’, dijo él, ‘entonces invente algo’.
[…]
(Taxil detalla entonces cómo creó las logias paládicas, el papel de Albert Pike y los demonios Asmodeo y Bitrú).
Al principio, era solo una mistificación local. Pero entonces, un congreso antimasónico fue convocado en Trento. Fui invitado. Los periódicos católicos me elogiaron. El Nuncio Papal me envió su bendición. Desde ese momento, mi broma se volvió universal.
Pero necesitaba una figura central. Creé a Diana Vaughan.
(Sensación en la sala. El orador se detiene).
Sí, creé a la señorita Vaughan. La busqué en el ‘Directorio’ de Louisville, Kentucky, donde encontré a varias personas con ese nombre… pero ninguna tenía conexión alguna con mi historia.
Para construir el personaje, primero colaboré con un médico estadounidense en París, el Dr. Charles Hacks. Él escribió ‘El Diablo en el Siglo XIX’ bajo el seudónimo de ‘Dr. Bataille’. Cuando Hacks me dejó, tuve que continuar la publicación solo.
Y ahora, la pregunta esencial: ¿Por qué inventé a Diana Vaughan? ¿Qué hice? Es muy simple. La creé como una antítesis de Juana de Arco. La Masonería afirma ser patriótica… inventé una logia luciferina que era esencialmente antipatriótica. Los masones supuestamente veneraban a Juana de Arco; hice que mi heroína la insultara.
(El ruido y la agitación aumentan en la sala. Se escuchan gritos de: «¡Canalla!», «¡Traidor!», «¡Fuera!»).
Déjenme terminar. La culminación de la farsa fue mi informe al Congreso de Trento, donde anuncié la conversión de Diana Vaughan, causada por un milagro… ¡un milagro inventado por mí!
(La indignación estalla. Varios asistentes se abalanzan sobre el escenario. El orador se refugia detrás de una mesa mientras le arrojan objetos. Se produce un tumulto generalizado. El nombre ‘Diana Vaughan’ se corea irónicamente. Tras varios minutos, Taxil logra hacerse oír de nuevo).
¡Les dije que el Paladismo no existía! ¡Lo inventé yo, de principio a fin!
La Iglesia creyó mis mentiras. Los obispos y cardenales me escribieron. Y lo más increíble: incluso recibí una bendición del Papa León XIII.
Señores, el Paladismo ya no existe, pues nunca existió. Yo soy el único autor de esta farsa de doce años.
(La conferencia termina en un caos total. Taxil es evacuado por la policía entre los gritos y amenazas de una multitud que se siente estafada, no por las mentiras de doce años, sino por la confesión final de la verdad).»

