La plenitud solar como símbolo de conciencia

Para la Masonería, el Solsticio es un momento de profunda resonancia simbólica, una pausa sagrada en el ciclo del tiempo, una invitación a contemplar la Luz, como principio de conciencia, transformación y trabajo interior.

En el lenguaje de los símbolos, el Sol ha sido siempre imagen de vida, conocimiento, orden y fecundidad. Su marcha aparente sobre el firmamento recuerda al ser humano que todo cuanto existe participa de la ley del ritmo; nacimiento, crecimiento, plenitud, declive y renovación. Nada permanece inmóvil, y sin embargo todo obedece a una armonía superior. Por ello, el masón, encuentra en el Solsticio una enseñanza silenciosa, pero poderosa; la Luz alcanza su punto más alto para comenzar, desde ese mismo instante, un nuevo camino de retorno.

La paradoja del Solsticio de Verano es precisamente esa. Celebramos el día más largo, la victoria aparente de la luz sobre la sombra, pero también recordamos que, a partir de ese punto culminante, los días comenzarán lentamente a menguar. Esta verdad natural encierra una enseñanza moral; cuando el hombre cree haber alcanzado la cima, debe ejercitar la humildad; cuando posee más luz, debe preguntarse qué hará con ella; cuando ha recibido conocimiento, debe transformarlo en virtud.

La Luz masónica como compromiso interior

La Masonería no contempla la Luz como simple acumulación de saber. La Luz masónica no es vanidad intelectual, ni ornamento externo, ni privilegio estéril. Es compromiso. Es claridad aplicada a la conducta. Es la capacidad de ver mejor para obrar mejor. De nada sirve que el Templo esté iluminado si el corazón del obrero permanece en tinieblas. De nada sirve conocer los símbolos si estos no nos cincelan interiormente.

El Solsticio de Verano puede entenderse como una llamada al examen de conciencia. ¿Qué parte de nuestra piedra bruta ha sido verdaderamente desbastada? ¿Qué aristas seguimos conservando por orgullo, por comodidad o por descuido? ¿Qué luz hemos recibido de nuestros HH.·., de nuestros trabajos, de nuestras lecturas, de nuestros silencios? Y, sobre todo, ¿hemos sido capaces de devolver esa luz al mundo en forma de fraternidad, justicia, templanza y servicio?

San Juan Bautista

En la tradición masónica, los solsticios han sido vinculados a las figuras de los dos San Juan: San Juan Bautista, asociado al ciclo estival, y San Juan Evangelista, asociado al ciclo invernal. Ambos representan, simbólicamente, dos puertas del año, dos límites del recorrido solar, dos momentos de tránsito. Entre uno y otro se despliega el camino del hombre, con sus ascensos y descensos, sus pruebas y revelaciones, sus momentos de expansión y recogimiento.

San Juan Bautista, encarna la voz que llama a la purificación, al despojamiento y a la rectitud. Su mensaje invita a preparar el camino, a enderezar lo torcido, a disminuir el ego para que pueda crecer aquello que nos trasciende. El iniciado no trabaja para glorificarse a sí mismo, sino para hacerse instrumento de una obra mayor. El verdadero masón no busca brillar por encima de sus HH.·., sino contribuir a que la Luz circule en armonía dentro y fuera del Taller.

La L.·., como imagen simbólica del cosmos ordenado, también participa de este lenguaje solar. En ella se reúnen el Oriente, el Occidente, el Norte y el Sur; la verticalidad de las columnas; el trabajo ritual; la palabra, el silencio y la escuadra moral que debe regir nuestras acciones. Cada Ten.·. es, en cierto modo, una recreación del orden frente al caos, de la luz frente a la ignorancia, de la fraternidad frente a la dispersión del mundo profano.

El Solsticio nos recuerda que la Masonería no es evasión del mundo, sino regreso consciente a él. El masón no entra en L.·. para huir de la realidad, sino para aprender a contemplarla con mayor profundidad. No busca una luz decorativa, sino una luz operativa; aquella que le permita ser mejor hijo, mejor padre, mejor esposo, mejor amigo, mejor ciudadano y mejor H.·.

En este tiempo de máxima claridad, la naturaleza parece decirnos que todo cuanto ha madurado debe dar fruto. La semilla que fue depositada en la oscuridad de la tierra durante los meses fríos encuentra ahora su expresión visible. Así también ocurre con el trabajo iniciático. Lo que se medita en silencio debe manifestarse en actos. Lo que se aprende en el Templo debe reflejarse en la vida diaria. Lo que se promete ante el Ara debe cumplirse en la conducta.

Celebrar el Solsticio de Verano es, por tanto, celebrar la plenitud de la Luz, pero también aceptar la disciplina que esa Luz exige. Es reconocer que el conocimiento sin virtud puede convertirse en soberbia; que la fuerza sin sabiduría puede tornarse violencia; que la palabra sin verdad puede degradarse en ruido. El masón está llamado a ordenar esas potencias dentro de sí, a templar su carácter y a convertirse, poco a poco, en una piedra pulida para el edificio común.

Una renovación bajo la bóveda celeste

Sigamos trabajando con humildad, perseverancia y amor fraternal. Y que, bajo la bóveda celeste, continuemos levantando templos a la virtud, combatiendo la ignorancia, el fanatismo y la discordia, y manteniendo viva la llama de la Fraternidad.

¿De dónde venís H.·. mío?

De la L.·. de San Juan.  

¡Feliz solsticio de verano a todos los HH.·. esparcidos por el orbe!